Me gustan los tangos. Son deprimentes y melodiosos, mi fuerte. Algún día aprenderé a bailar tango, con un hombre que me tenga paciencia (si es que llegara a existir).
Siempre me he imaginado escuchando tango en algún bar de mala muerte, a media luz, con bebida en mano. La realidad es que no conozco ningún bar así, creo que no tendría mucha clientela y terminaría cerrando. La escena bohemia en estas tierras ha desaparecido por completo, atrás quedaron los lugares donde paseaba uno que otro viernes con mis dos amigos artistosos. En ese entonces, el bar que frecuentábamos los hipsters tocaba canciones de Agustín Lara y éramos pocos los veinteañeros. La jarra de cerveza no pasaba de los 60 pesos y nos servía muy bien para los 3. Antes de las 12, corríamos cada quién a tomar algún camión de mala muerte, el último de la noche, para así evitar gastar en taxi. Esas eran mis aventuras de facultad, sobrepensando obras de arte, libros y criticando la sociedad regia que me despreciaba (y la cual yo odiaba de regreso).
De esos dos amigos, ninguno sigue siendo parte de mi camino. Digamos que uno va encontrando quién es quién en la vida y pues, unos se van y otros llegan. Las amistades no son para siempre, pero los tangos, los tangos siempre me transportarán a momentos más serenos, felices, llenos de ilusiones y juventud.
Siempre me he imaginado escuchando tango en algún bar de mala muerte, a media luz, con bebida en mano. La realidad es que no conozco ningún bar así, creo que no tendría mucha clientela y terminaría cerrando. La escena bohemia en estas tierras ha desaparecido por completo, atrás quedaron los lugares donde paseaba uno que otro viernes con mis dos amigos artistosos. En ese entonces, el bar que frecuentábamos los hipsters tocaba canciones de Agustín Lara y éramos pocos los veinteañeros. La jarra de cerveza no pasaba de los 60 pesos y nos servía muy bien para los 3. Antes de las 12, corríamos cada quién a tomar algún camión de mala muerte, el último de la noche, para así evitar gastar en taxi. Esas eran mis aventuras de facultad, sobrepensando obras de arte, libros y criticando la sociedad regia que me despreciaba (y la cual yo odiaba de regreso).
De esos dos amigos, ninguno sigue siendo parte de mi camino. Digamos que uno va encontrando quién es quién en la vida y pues, unos se van y otros llegan. Las amistades no son para siempre, pero los tangos, los tangos siempre me transportarán a momentos más serenos, felices, llenos de ilusiones y juventud.
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