No sé si voy a publicar este post. No sé ni siquiera si voy a abrir este blog de nuevo al mundo, solo sé que necesito escribir un poco.
Son casi las 11 y estoy cenando helado de nuez. No es mi favorito, pero es lo que hay en el refri. Tuve dos clases hoy, una de Zapoteco y otra de Italiano. Por fin estoy aprendiendo la lengua de mi abuela. Estoy segura que donde está se ríe de mí un poco cada que ve las ocurrencias que me entran a la mente "¿Qué hace esta chamaca aprendiendo finés?" Todo lo que hago con tal de no pensar, de no razonar la realidad, de seguir en modo automático hasta que la próxima tragedia llegue. ¡Hey! Es mejor que la nicotina constante o el alcohol en desmedida, ¿no?
Mi abuela era libra, tal vez por eso nos entendíamos tan bien. Pero ella era tranquila, sabia y con amor para todos. Yo en cambio solo busco quien me la pague. Triste, yo lo sé. Pero bueno, ¿qué esperaba la vida de alguien como yo, que ha vivido drama tras drama sin un poquito de tiempo fuera? Si le vemos el lado positivo, tengo muchas historias que contar. Solo no tengo a quién, ya no está mi abuela. Este post no se suponía que fuera de la abuela, ¡basta! ¡ya estás llorando!
Bueno si, el punto de escribir era vomitar todo lo que anda rondando en mi mente a unas cuantas semanas de convertirme en una persona de 38 años. Wey, ¡qué pesado! 38. Treinta y ocho. TRE-INTA Y O-CHO. Si mi yo del 2007 pudiera leer esto estaría anonadada. No tanto por la mierda de vida que llevo, sino por la cantidad de años que he acumulado y la fallida salida de emergencia que intenté tomar hace rato. ¡Qué pendeja fui! No debí haber borrado todas esas entradas del 2007. Eran basura, pero eran yo, mi mente tonta tratando de purgar su existencia con letras, fallidas pero letras al fin. ¡Ahora estás llorando por tu yo del pasado, basta!
Ok ok, mmm... ¡Tengo un piercing! Por fin tengo uno y tatuajes, minis porque el dinero no sobra. Este helado ya no sabe a helado. ¡Ah! También retomé el japonés, o bueno algo así. Después de mi depresión número infinito, retomé los libros. Ya no estoy cansada de aprender (lo estuve muchos años). Mi trabajo me gusta (uno de tantos), ya no tengo miedo de socializar en los espacios donde J estaba. Incluso hablé con él una vez hace un par de años o tal vez más. Ya no tengo miedo de toparme con la gente que una vez tuvo importancia en mi vida, ya no son nada, ya no me provocan nada. Tal vez la adultez es eso, dejar de darle importancia a las personas, a las cosas, a la vida, a las situaciones que sonaban como el fin del mundo y solo eran un miércoles cualquiera. Valoro el aprender cosas, no importa qué. Quiero que mis treintas sean de aprender todo lo posible, de conocer, de odiar menos. La depresión no la puedo borrar, pero si me lleno de cosas por hacer, ¡no pienso!
Los idiomas me ayudan, son como un látigo mental. Son difíciles pero se siente tan bien poder entender, en cualquier idioma. Tal vez ese es mi problema, siempre quiero entender, entender qué pasa en el mundo, en la familia, en mi cabeza, en-ten-der. Lo he pensado tanto que la palabra ya solo es sonidos. Pero al final, todas las palabras de todos los idiomas son eso, sonidos. Sonidos interpretados, sonidos que comunican, ¡¿qué verga tenía este helado?! jajaja bueno si, aprender idiomas, retomar espacios, volver al camino de quién yo era y mantener la mente ocupada. No pretendo retomar el arte o la foto, porque me voy a frustrar y ahorita no estamos para eso, las cuerdas mentales están muy estiradas, todavía corren el riesgo de romperse.
Veo atrás y pienso exageré todo, pero en su momento fue importante sentir. La vida no se acaba, el dolor pasa (eventualmente), los duelos se viven diferentes unos de otros, los lugares son importantes, pero no tanto como los recuerdos creados en ellos. Por eso es necesario escribir esos momentos, para que la vejez no los deforme y puedas recordarlos como debe ser, como pasaron, como se sintieron.
El helado se acabó y yo sigo sin llegar al punto de esto. Bueno, nunca hubo un punto. Era solo vomitar letras hasta sentir que el peso de la mente se aligeraba. Conectar las dos neuronas por un momento para analizar todo lo que ha pasado, permitirme sentir y escupirlo aquí. Ya después puedo desconectarme y volver al modo avión mental, seguir funcionando sin detenerme. En fin, creo que eso es, los 37 fueron de retomar, de ver, leer y escuchar a las personas jóvenes y quererles decir: "tranqui, no te vas a romper, vas a ver que esto es solo una piedrita en tu mochila emocional" pero también fueron de "No toda la gente quiere oírte, aprende a guardar silencio de vez en cuando".
Los 38 serán de aguantar, de seguir al paso, de no perder el ritmo. Uno mismo tiene que sostenerse, aunque a veces sea imposible. Y de abrir la mente, porque todavía hay mucho que aprender, aunque ya esté cansada de existir.
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