La ansiedad me entra de repente, no se va del todo. Para cuando me doy cuenta estoy dando vueltas en la sala o en el suelo viendo el reloj. ¿Porqué no puedo mantenerme en un constante estado funcional? Resulta que cuando me quiero meter de lleno en lo que debería estar haciendo, me bloqueo y termino enojada, enojada como niña que hace berrinche por tonterías.
Quiero hacer lo que debería estar haciendo pero no puedo. Intento regresar a mi antigua rutina, pero es difícil. No puedo evitar dejar de pensar en mil cosas a la vez y en nada. ¿Cómo se supone que regrese a ser yo si el desequilibrio se mantiene constante?
Incluso este texto es una gran vuelta a lo mismo, sin sentido, repitiendo todo.
Recuerdo cosas, cosas que creí olvidar, cosas inútiles. Como cuando tenía clase a las 7 en sábado y yo llegaba demasiado temprano. Me recostaba en las bancas, a ver el cielo y los árboles. La luz cambiaba poco a poco, los pájaros despertaban de uno en uno, hasta que de repente armaban un gran escándalo. O como cuando tomé el curso de titulación y corría a tomar el camión de las 10 atrás del mercado Juarez. El chofer me odiaba porque siempre pagaba boleto de estudiante, pero solo los primeros días. Después hasta me esperaba para que no tuviera que quedarme ahí sola en la parada.
O como cuando en mi cumpleaños mi mejor amigo (que ya ni me habla) me regaló la discografía de Janis Joplin.
Cuando ocupábamos el auditorio siempre me subía a la tramoya y veía a todos desde las alturas, y caminaba entre las barras de metal cuidando de no caerme y darme en la madre. Cuando grabábamos el programa de tv, se dejó venir una tremenda lluvia que inundó el auditorio y casi no alcanzamos a quitar todo el equipo. Ese día salí y me mojé en la lluvia, y fui feliz.
El proceso de ampliación, acomodar todo, poner el papel en el agua, todo era hermoso. Ver si el gris era correcto o si al fijado le faltaba tiempo. La luz roja, el olor a químicos, platicar a oscuras.
Usar falda y botas. Beber café sin límite. Platicar con los maestros, sentarse en el árbol de siempre y esperar la siguiente clase. Entrar a la biblioteca a buscar a D. y platicar del último libro que lo tenía feliz. Arreglar cables, cambiar formatos, usar la cabina de edición, ayudarle a alguien con un doblaje, pasar raspando la materia de audio con el maestro argentino. No dormir para alcanzar a entregar los finales, o en su caso, dormir en la escuela.
Y de todo eso, ya no queda nada, nada.
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